06, September 2026
PSICOLOGíA / Adaptación, Bienestar emocional, Bloqueo emocional
Un día común, como cualquier otro, algo cambia.
Puede ser un diagnóstico, una infidelidad, una estafa, una pérdida, un accidente, una mudanza, una separación o una decisión que alguien más tomó y que afecta tu vida.
No importa exactamente qué fue. Lo que ahora tenés que asumir y gestionar es que tu vida, tal como la conocías, cambió.
Y quizás esa vida no era perfecta. Quizás incluso era una vida de la que te quejabas o que querías cambiar. Pero era conocida. Sabías cómo funcionaba y qué podías esperar de ella.
Cuando el cambio llega sin que lo hayamos elegido, una de las primeras dificultades puede ser aceptar que ya no estamos donde estábamos.
Pero no todos los cambios ocurren de golpe.
También están esos cambios que se producen lentamente, casi sin que podamos identificarlos. Un cansancio que empieza a formar parte de la rutina. Una conversación que seguimos evitando. Un hábito que sabemos que no nos hace bien, pero que pensamos que podemos controlar. Una relación que empieza a doler más de lo que nos hace bien. Un límite que no ponemos porque no queremos confrontar.
Cada una de esas cosas puede parecer pequeña. El problema es que se van acumulando.
Hasta que un día miramos nuestra vida y nos preguntamos:
¿Cuándo cambió todo?
Quizás el cambio no ocurrió ese día. Quizás venía sucediendo desde hacía mucho tiempo.
También existen los cambios que decidimos. Los pensamos, los deseamos y, en algún momento, sentimos que ya es hora de hacer algo diferente.
Pero incluso cuando elegimos cambiar, las cosas no suelen suceder tan rápido como nos gustaría.
Queremos cambiar un hábito y esperamos resultados inmediatos. Decidimos empezar a cuidarnos y pretendemos sostenerlo perfectamente desde el primer día. Nos proponemos modificar una forma de relacionarnos y nos frustramos cuando volvemos a hacer lo mismo.
El cambio suele ser bastante menos espectacular que eso.
Muchas veces empieza con pequeñas decisiones que, sostenidas en el tiempo, van modificando nuestra experiencia.
Por eso cambiar requiere atención y también paciencia. No porque tengamos que esperar pasivamente, sino porque necesitamos darle tiempo a una experiencia nueva para convertirse en parte de nuestra vida.
Hay algo que veo con frecuencia en la práctica clínica: podemos saber perfectamente que algo no nos hace bien y, aun así, no estar preparados para cambiarlo.
Podés saber que necesitás descansar y seguir trabajando de la misma manera.
Podés reconocer que una relación ya no te hace bien y no saber todavía qué hacer con eso.
Podés saber que necesitás ordenar tus finanzas y seguir evitando mirar tus números.
Podés estar cansado de una situación y, al mismo tiempo, sentir miedo de lo que ocurriría si la cambiaras.
Entonces aparece una pregunta que muchas veces viene acompañada de reproche:
“Si ya sé que tengo que cambiar, ¿por qué no lo hago?”
Ojalá darse cuenta fuera suficiente. Pero no funciona así.
Darse cuenta y cambiar son procesos diferentes.
Reconocer lo que nos pasa es importante, pero no significa que inmediatamente sepamos qué hacer con eso. Y mucho menos que tengamos las condiciones, los recursos o el deseo suficiente para hacerlo.
Esto no significa que nos falte voluntad.
Cambiar tiene un costo.
Todo cambio implica alguna pérdida.
Puede ser una relación, una rutina, una forma de sentirnos seguros, una fuente de ingresos, una identidad o una idea que teníamos sobre nosotros mismos.
Incluso un cambio que elegimos puede implicar una pérdida.
Por eso podemos querer cambiar y, al mismo tiempo, resistirnos.
Lo conocido, aun cuando no nos haga bien, tiene algo que lo nuevo todavía no tiene: sabemos cómo funciona. Sabemos qué esperar. Sabemos cómo manejarnos ahí.
Lo nuevo todavía no tiene instrucciones.
A veces podemos pasar mucho tiempo deseando que algo vuelva a ser como antes. Y quizás no estamos intentando recuperar solamente una situación, sino también quiénes éramos antes de que esa situación cambiara.
Podemos extrañar la vida que teníamos antes de conocer una verdad, atravesar una pérdida, tomar una decisión o vivir algo que modificó nuestra manera de vernos y de relacionarnos con el mundo.
Avanzar implica reconocer que esa versión de nuestra vida ya no existe de la misma manera.
Y eso puede doler.
Aceptar que algo cambió no significa que nos guste lo que pasó. Tampoco significa que tengamos que agradecerlo, encontrarle inmediatamente un sentido o convertirlo en una oportunidad.
A veces aceptar es algo mucho más sencillo y mucho más difícil: dejar de discutir con el hecho de que ocurrió.
Esto pasó. Algo cambió. La realidad ya no es exactamente como antes.
Y desde ahí podemos empezar a preguntarnos:
¿Qué hago con la vida que existe ahora?
No con la que debería haber sido. No con la que imaginé. Con la que tengo hoy.
Cuando algo cambia, es comprensible que queramos resolverlo rápidamente.
Necesitamos saber qué hacer, tomar una decisión, encontrar una explicación y recuperar cierta sensación de control.
Pero no todos los cambios pueden resolverse inmediatamente.
Hay momentos en los que todavía no sabemos qué queremos, qué vamos a perder, qué vamos a ganar o quiénes vamos a ser después.
Y quizás intentar responder todas esas preguntas demasiado pronto nos aleja de algo que necesitamos primero: poder estar con lo que está pasando.
Eso es, para mí, una parte importante de habitar el cambio.
No significa resignarse. Tampoco significa quedarse quieto o aceptar cualquier cosa.
Significa poder reconocer lo que está ocurriendo sin exigirnos tener una respuesta inmediata.
Podés decir:
“Esto me está pasando.”
“Esto me duele.”
“Esto me da miedo.”
“Esto ya no me hace bien.”
“Todavía no sé qué quiero hacer.”
Y no necesitás convertir cada una de esas afirmaciones en una decisión inmediata.
Desde la Gestalt, el darse cuenta no es una orden para actuar.
No se trata de decirte: “Ya te diste cuenta, ahora cambiá”.
Se trata primero de poder reconocer qué está ocurriendo en vos: qué sentís, qué necesitás, qué querés y qué ya no querés seguir sosteniendo.
A partir de ahí, puede aparecer una posibilidad diferente.
Muchas veces pensamos el cambio como una decisión enorme: separarnos, renunciar, mudarnos, empezar de nuevo o cerrar una etapa.
Pero no todos los cambios empiezan de esa manera.
A veces empiezan cuando dejamos de justificar algo que sabemos que ya no funciona.
Cuando tenemos una conversación que veníamos evitando.
Cuando reconocemos que necesitamos ayuda.
Cuando dejamos de esperar que las cosas vuelvan a ser como antes.
Cuando empezamos a prestar atención a lo que necesitamos hoy, en lugar de seguir intentando recuperar una vida que ya cambió.
Eso también es movimiento.
Y no significa que ese movimiento vaya a garantizar que todo salga bien.
Cambiar implica riesgo. Podemos tomar una decisión y descubrir que no era exactamente lo que necesitábamos. Podemos poner un límite y encontrarnos con una reacción que no esperábamos. Podemos cerrar una etapa y extrañarla.
Por eso quizás no se trata de encontrar la decisión correcta.
Quizás se trata de encontrar el próximo movimiento posible.
Ese que podés hacer con los recursos que tenés hoy.
Habitar el cambio no significa aprender a vivir sin certezas.
Significa poder seguir viviendo mientras algunas certezas todavía no están.
Significa reconocer dónde estás antes de decidir hacia dónde querés ir.
Y esto puede ser especialmente difícil cuando estamos atravesando una pérdida, una separación, un cambio laboral, una crisis personal o cualquier situación que nos obligue a reorganizar nuestra vida.
No siempre vamos a poder controlar lo que cambia.
No podemos controlar todas las pérdidas, las decisiones de otras personas, los diagnósticos, las partidas, el paso del tiempo o los acontecimientos inesperados.
Pero sí podemos preguntarnos qué hacemos con aquello que nos está pasando.
Podemos pedir ayuda.
Podemos cuidar nuestros recursos.
Podemos poner límites.
Podemos tomar decisiones cuando estemos en condiciones de hacerlo.
Y también podemos reconocer que todavía no sabemos.
No tener una respuesta no significa estar perdido.
A veces significa que todavía estamos atravesando el proceso.
Quizás estamos demasiado acostumbrados a pensar que para cambiar necesitamos saber primero adónde queremos llegar.
Pero no siempre funciona así.
A veces necesitamos empezar desde donde estamos.
Podés no saber todavía si querés terminar una relación, pero sí reconocer que hay algo que necesitás hablar.
Podés no tener claro cómo reorganizar tu vida laboral, pero saber que no podés seguir trabajando de la misma manera.
Podés no saber qué necesitás emocionalmente, pero reconocer que necesitás pedir ayuda.
Podés no saber quién vas a ser después de este cambio, pero empezar por preguntarte qué necesitás hoy.
Eso también es movimiento.
Y quizás sea suficiente para empezar.
No necesitás tener toda la respuesta para hacer algo diferente.
A veces el cambio necesita una gran decisión.
Y otras veces necesita que dejemos de hacer exactamente lo mismo.
Quizás hoy no necesitás resolver tu vida.
Quizás necesitás poder reconocer dónde estás, qué cambió y cómo te está afectando.
No todo cambio necesita una decisión inmediata. Hay momentos en los que primero necesitamos comprender lo que estamos viviendo y recuperar contacto con nosotros mismos antes de decidir qué hacer.
Si algo de este artículo te resultó familiar, preparé una guía gratuita para acompañarte a mirar tu propio proceso de cambio y reconocer qué está pasando en vos.
Descargala gratuitamente y empezá a habitar tu proceso de cambio con mayor conciencia.
Y si sentís que necesitás atravesarlo acompañado, podemos hablar.
Porque siempre estás a tiempo de empezar a cuidarte.
Hablemos.
Romina
Psicológa - Autor
|
|
Iniciar conversación desde Whatsapp |
|