23, September 2026
A mis 36 años decidí dejar mi ciudad natal para mudarme a una ciudad pequeña de 9.000 habitantes aproximadamente, en el oeste de Uruguay, donde viví por 10 años. Fue la mejor decisión de mi vida para mi vida.
Al año siguiente de mi llegada, la UDELAR había revalidado mi título y yo podía ejercer como psicóloga, lo único para lo que me había preparado durante toda mi vida. Pero ese año tuve que vivirlo, entonces elegí probar con mi otra gran pasión: la cocina.
Y fui muy feliz cocinando todos los días. Hacía alfajores y pascualinas por encargo, iba a la verdulería todos los días y llegué a cultivar mis propias acelgas.
Este subempleo, o experiencia, me dio la oportunidad de vincularme con la comunidad, de conocernos, porque ellos no tenían idea de quién era la paraguaya que se les había instalado, pero sabían que cocinaba rico y que decía ser psicóloga.
Capaz si cocina rico también es buena psicóloga…
Son pensamientos que imagino que tuvieron sobre mí cuando empezaron a oír mi nombre.
Las comunidades pequeñas funcionan como bloque. Son muy unidas, profundamente unidas. Se conocen entre todos desde muchas generaciones y, por esto, los roles y las expectativas que se tejieron sobre cada persona son como una armadura insondable, hasta para ellos mismos.
Será por eso que la mujer que cocina rico, que viene de Paraguay y dice que es psicóloga, tal vez sea a quien le puedo contar lo que siento.
Y mi consulta prosperó.
Al principio incluso atendía a domicilio.
Las comunidades pequeñas no necesitan los lujos de las ciudades para mostrar a los demás complementos como consultorios en edificios bonitos, secretarias y café premium gratis.
Acá el valor real de mi consulta era que yo no los conocía.
Yo no sabía quién era primo de quién, quién salía con quién y quién estaba en juicio con quién.
Hace 12 años inició esta historia que te cuento. Sigo atendiendo a miembros de la comunidad y confieso que sigo sin entender quién es de quién porque, honestamente, no me importa.
Me importa la persona que tengo delante, en estos momentos de forma online, a quien le estoy prestando toda mi atención, a su historia y a su modo de narrarla.
No importa la mirada de su entorno sobre la experiencia de mi paciente. Solo me importa cómo mi paciente vive, transita y aborda esa situación.
Desde acá se ejerce mi trabajo.
Disfruto trabajar con comunidades pequeñas porque pasan cosas tan especiales como una abuela y una nieta compartiendo mi trabajo, pero con años de diferencia. Eso me permite observar transgeneracionalmente la compleja historia de la persona que hoy tengo delante mío.
Disfruto trabajar con comunidades pequeñas porque la confianza que se establece cuando alguien de tu propio círculo te sugiere a ese profesional es otra. La predisposición para trabajar lo importante ya está servida.
No acting. Trabajo de cambio real.
Porque hay cuestiones o malestares que surgen de esta situación de comunidad cerrada.
Sentir que no hay espacio para ser o sentir distinto.
Sentir que si no pienso o actúo como debería, o como los demás esperan de mí, me pueden abandonar.
Y ese es un miedo muy real que consume la vida.
El ritmo de vida en comunidades pequeñas es distinto. Cada una tiene un ritmo propio, durante el día, durante la semana y durante el año, que va caminando serenamente al mismo paso de siempre.
No hay apuros.
Y esta situación, a veces, e increíblemente, puede generar mucha ansiedad.
Una ansiedad que solo la conocemos los que dedicamos parte de nuestra vida a conocer, entender y amar a una comunidad pequeña, como es mi caso con Nueva Palmira.
Quizás necesitás exactamente lo contrario.
Un espacio donde no tengas que explicar quién es quién.
Donde no importe quién es tu familia, qué pasó hace veinte años o qué piensa tu comunidad sobre las decisiones que estás tomando.
Un espacio donde puedas hablar de lo que te pasa sin sentir que tenés que cuidar la imagen que los demás tienen de vos.
Después de más de diez años viviendo y trabajando en una comunidad pequeña, sé que la pertenencia puede ser profundamente valiosa. Pero también sé que, a veces, el miedo a dejar de pertenecer puede hacer que una persona se calle, se adapte o sostenga durante demasiado tiempo algo que ya no puede sostener.
Por eso disfruto tanto trabajar con personas de comunidades pequeñas.
Porque conozco ese mundo desde adentro.
Y porque hoy, gracias a la terapia online, no necesitás vivir en una gran ciudad para encontrar un espacio profesional, confidencial y propio.
Si vivís en Neuland, Filadelfia, Loma Plata, Mariscal Estigarribia o en otra comunidad del Chaco paraguayo y sentís que necesitás hablar de algo que no podés hablar con nadie de tu entorno, podemos conversar.
Soy Romina Geli, psicóloga clínica y psicoterapeuta Gestalt. Atiendo online a personas adultas.
A veces, para poder empezar a hablar, necesitamos justamente que quien nos escucha no conozca a nadie de nuestra historia.
Psicológa - Autor
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